Liliana Heer

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Liliana Heer

Entrevistas

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El violento Secreto
Por Pablo Makovsky
Diario El ciudadano & la región, Cultura
Rosario, lunes 31 de marzo de 2008

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Liliana Heer presenta Neón, novela en la que retoma la relación secreto y poder, lo que no se dijo y vuelve como síntoma, como describe su escena de Esperanza


Entrevistar a Liliana Heer (escritora, psicoanalista) parece fácil. La editorial Paradiso me envía su correo y le avisa que le escribiré. Ella se anticipa y me escribe a su vez. También lo hacen desde Ross Centro Cultural (Córdoba 1347), donde Heer presentará el próximo jueves a las 19 Neón, su última novela. Y no sólo eso, Liliana Heer tiene una página en internet (lilianaheer.com.ar) que nos ahorra reseñar su biografía. “Nací en Esperanza (Santa Fe, Argentina), una colonia agrícola fundada a mediados del Siglo XIX por suizos alemanes y franceses convencidos de su «función civilizadora» –escribe en su «Travesía autobiográfica»–. Algo de «colonia penitenciaria» tenía esa extraña población. Disciplina y rigor eran los tonos que imperaban, matizados por festividades en las que el delirio voluntarista y los brindis engrandecían aún más el valor de ser «inmigrantes puros». Yo veía a esa gente con el asombro que se experimenta ante un circo de gigantes. Ellos representaban un personaje hasta cuando se mordían la lengua. Como si todo hubiera sido público y en el rincón privado las máscaras se hubiesen fundido a la piel. Me resultó muy difícil crecer entre semejantes modelos. Primaba el estoicismo. No había palabras para lo subjetivo, y como no había palabras, proliferaban los síntomas”. Si la generosidad y la celeridad en las respuestas de Heer dan pie para esta idea de que la entrevista será fácil, su lectura de ninguna manera hace pensar lo mismo.

Una vez pedí un teléfono para entrevistar a la escritora chilena Diamela Eltit. La encargada de prensa que me lo pasó me dijo: “Vas a ver que tiene una voz muy suave, que contrasta con las cosas terribles sobre las que escribe”. El trato de Heer a través del correo electrónico trae algo de esa anécdota: unos mensajes amables y luminosos, como la charla de Eltit, cuyas literaturas también se cruzan. Sin embargo, leer a Heer es menos sencillo y, afortunadamente, menos amable: desde sus intervenciones críticas a su poesía e, incluso, sus señas particulares (“No había palabras para lo subjetivo, y como no había palabras, proliferaban los síntomas”, como se lee), se percibe una trama. Neón es la historia de un secreto cultivado en una cárcel, en un engendramiento; cuyos protagonistas son por lo general trinidades bastardas: la Niña, es la Celadora y la Costurera; el Tutor es el Alcalde de la penitenciaría y la actual pareja de la mujer, el Viajante, fue también Falsario y Prisionero. La novela desarrolla aquella trama hacia varios lugares, incluso en la obra de Heer. Sobre eso quise preguntarle.


P.M. - Neón puede leerse como la puesta en escena de un secreto –una puesta en escena del lenguaje. ¿Cuánto de teatro, cuánto de poesía hay en ese libro que, no casualmente, lleva en la contratapa un texto de Leónidas Lamborghini, uno de los maestros de ese género que cruza lo grotesco, lo teatral y lo poético?

L.H. - Uno de los núcleos centrales de esta novela es el secreto, significante que insiste y a la vez circula entre los personajes, con un marcado acento en la protagonista. A ella, la Niña, la Celadora de la cárcel, la Costurera, el Narrador le atribuye el motor de la acción; destaca su habilidad de llevar el secreto a un estado de crispación máxima y constante. Neón es una historia de tres personajes. Ella domina omitiendo, eso sabe, callar y callar, “de esa manera, al no restar poder a ninguno de los hombres, pudo concebir un lazo que los uniera bajo esa figura sentimental y cursi de la novia robada” (guiño onettiano).
El lenguaje, como usted bien afirma, está puesto en escena bajo diferentes modulaciones. La historia se desliza de un género a otro mediante recursos analógicos, instantes epifánicos y dichos bestiales: “el semen es un arma blanca”, “un cuerpo extraño puede ser verga o bastón”. El relato deviene poema, deviene guión cinematográfico, pieza teatral, decálogo, deviene ensayo y texto crítico para volver sobre la trama y repetir la historia desde otro ángulo. Pero, más allá del tópico carcelario, Neón es una pieza entusiasta, la ascensión está dada por el crescendo del ternario y el humor a la carta, a la letra. Leónidas Lamborghini, en el texto de contratapa se refiere a “el filo irónico que bucea en el horror buscando en éste su escondida mueca cómica”.

P.M. - Cuando se refiere a las distintas modulaciones del lenguaje, ¿qué hay allí de la herencia de un lenguaje ligado a ciertas tradiciones: su infancia y juventud en Esperanza, el legado de Pedroni?

L.H. - Romper el carozo, hacer del mapa de la tradición otro montaje. Trufar, desplazar, morder las fronteras como se muerde una fruta, una entraña (un hígado), sin apremio, sin anarquía, sin sometimiento, inventando el ritmo, dibujando el paisaje. Recuerdo a José Pedroni caminando por la plaza de Esperanza, recuerdo su voz, sus ideas, el espíritu solidario, la voluntad de justicia y aquel poema inolvidable: “Hijo mío: no digas «abominad», ni digas «obedeced». Siempre con dulzura del agua entre las hierbas”.

P.M. - Neón también puede pensarse como un relato sobre el poder, el poder que se ejerce sobre los cuerpos, consolidado en silencios, palabras. ¿Qué es el poder en esta novela, sobre todo a partir de los personajes del Alcalde y la Costurera?

L.H. - Mi intención, efectivamente, fue ejercer con el lenguaje cierta tortura, procedimientos típicos del espacio carcelario: escasas palabras, vigilancia, rigor, sustracción y al mismo tiempo desmesura. Así, el territorio de la justicia es tensado mediante la presentación del más antiguo de los códigos, el código Hammurabi: “El largo otoño del malestar en ciernes/ Sobre las piedras de la acrópolis de Susa/ Hammurabi esculpe el orden de los cuerpos/ Lo primero hace historia/ (legalidad a la intemperie)/ éxtasis represivo”.
En cuánto al poder, teniendo en cuenta un concepto de lucha que podría enunciar en términos de “vale todo” –concepto que propicia el descentramiento del débil y del fuerte-, éste se exhibe desde dos lógicas. La primera responde a la ley del más fuerte, se caracteriza por ser una lógica elemental y podría ser inscripta en la serie impunidad. Esta lógica es puesta en marcha por el Tutor, que también es el Alcalde de la prisión.
La segunda, lógica de la víctima, representada por la Niña-Celadora-Costurera, es más compleja. Se inspira en el dispositivo acción ante la acción, desplazando las conductas reactivas para de ese modo neutralizar al agresor. La idea sería: frente al sin salida, meter el pie en el cepo, sin miedo. Ante el acoso, la Niña finge jugar, nombra un animalito y en la ceremonia del diminutivo des-potencia al abusador: “Dónde estará, dónde estará la lombriz”.

P.M. - En la figura del Viajante, que roba palabras, relatos, para complacer, ¿puede entenderse también una suerte de contrapunto, de confrontación con cierta “política” de la lengua?

L.H. - El Viajante es un iniciado en el oficio de la lengua, simboliza la figura de la seducción a través del discurso, seducción que anteriormente ejerció siendo Falsario y luego Prisionero. Su deseo es capturar la escucha, hacer creer, convertir un momento cualquiera en un acontecimiento. “Maestro experimental. Primero retorcer, después estirar, descubrir el tono que a ella la deje estupefacta. No es sencillo conquistar el corazón de una mujer que ha sido testigo de innumerables delitos”.
El Viajante, gracias a su pulsión lenguaraz, despliega una práctica de la creación. Atraviesa las fronteras de lo lineal, rompe las convenciones genéricas y encuentra –quizá por su ausencia en la Segunda Parte de la novela- suplencia en un doble del Narrador. Cuarto término o personaje paradójicamente necesario para constituir un triángulo. En varios sentidos, el Viajante se confronta al poder de la lengua apropiándose de su riqueza. Su boca es un tubo de ensayos, elige el instante, los diálogos, los recortes, el tono y goza del actuar la escena.

P.M. - ¿Cómo fue su formación como analista, su partida de Esperanza, su asociación con Sánchez, Lamborghini? ¿Cómo es, cómo vive en la escritura esa “diferencia” entre psicoanálisis y literatura?

L.H. - Mi formación como psicoanalista es interminable y este es el punto en común, a la vez fundamental que tiene con la escritura. Justamente, para avanzar en el abordaje de las diferencias de lectura que cada una de estas disciplinas, o cada uno de estos discursos genera, diseñé junto a Arturo Frydman, lo que llamamos Autopistas de la palabra. Ya dirigimos (porque el proyecto es continuar) tres Jornadas de Literatura y Psicoanálisis en la Biblioteca Nacional (2002-2005-2007), en las que intervinieron escritores y psicoanalistas leyendo los mismos textos, textos de autores paradigmáticos de la literatura argentina –Angélica Gorodischer, Juan José Saer, Néstor Sánchez, Osvaldo y Leónidas Lamborghini, Luisa Valenzuela, Ricardo Piglia, Sara Gallardo, Luis Gusmán, entre otros.

P.M. - Lamborghini escribe el texto de presentación de su libro; usted, por su parte, trabajó con Néstor Sánchez, su literatura dialoga con Diamela Eltit, con Luisa Valenzuela, ¿si hay una raíz femenina en su escritura, cómo podría formularse?

L.H. - Recuerdo un libro de Gérard Pommier -con quien acuerdo en grado superlativo-, se llama La excepción femenina. El autor se refiere a lo Abierto, lo describe como un amor a la letra en exceso, que estaría más allá de la convención genérica, un querer atento al sonido, a su plasticidad, un hacer que privilegia la artesanía del vacío, el abismo. Concibo al libro como una prisión libertaria, un no lugar que atrae, expulsa, invita a perderse; codicia y a la vez tormento, “donde está el peligro/ Ahí crece también lo que salva”, escribió Hölderlin.
Es decir, fuera del sentido en su carácter estrictamente referencial, prefiero a ciertos autores con oído abrelatas de palabras que invocan a un padre sordo mientras esculpen su plegaria atea. Estas lecturas son mis raíces elegidas. Lecturas abiertas al salto, las garantías bizarras, los sobreentendidos nacientes. Libros de autores que eligen la desnudez que ofrece el lenguaje, su impulso prometeico, el “espíritu increado de la raza”, como lo definía Joyce, esa pasión que palpita por ser encendida y por revelar su inmediatez. Autores vacilantes, autocríticos, desconfiados de la inspiración, dueños de una servidumbre voluntaria.


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