Liliana Heer

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©2003
Liliana Heer

Neón
Paradiso, Bs.As., 2007



Ella cose el himen  de la novia de los presos


Él era Viajante. Ella Costurera, pero podría haber sido al revés: que ella viajara mientras él cosía.
(Dejémoslo así).
Ella cose, él viaja, sale por la mañana con un muestrario en la valija y vuelve por la noche con los pedidos y alguna peripecia. Ella escucha entrecortado, no porque le falte interés; el silencio en que ha permanecido durante el día y el trajín de la tijera siguen su curso. ¿Lo sabrá él? Es probable, hay desvíos, variaciones en su decir.
Cuando lo mira, él descuenta, agrupa, simplifica; si la ve de espaldas, inclinada sobre algún objeto o con los ojos vueltos hacia la ventana, necesita dar explicaciones, rodeos, incluso mentir. A veces, copiar es su única alternativa. Tiene tres o cuatro recursos. Apropiarse de las anécdotas de sus amigos le desagrada. No es que esto haya sucedido, ni siquiera intentó cambiar de nombre alguna hazaña, volverla familiar. Siempre pensó que un imitador envejece prematuramente.
Él pretende otra cosa. Como quien lleva un diario y anota con mayor fervor lo que hubiese deseado que ocurriera, su intención es convertir la rutina en algo memorable.  De esa manera empezó a leer todo lo que estaba a su alcance, no sólo a leer sino a forzar la trama e introducir combinaciones. Su ignorancia no lo intimida; por el contrario, evita modelos del mismo modo que en su temprana juventud apartó de sí los Mandamientos. Este proceder colorea su lenguaje. Listones agudos, fondo cremoso, ráfagas. ¿Nuevos plasmas o el retorno al folletín?
Cuando Dios quiere mata al brujo, dice dando coraje a su alquimia, poniendo en boca de la gente historias incompletas. La brevedad de sus contactos le impide seguir, argumenta. Su boca es un tubo de ensayos. Maestro experimental. Primero retorcer, después estirar, descubrir el tono que a ella la deje estupefacta. No es sencillo conquistar el corazón de una mujer que ha sido testigo de innumerables delitos.

Ella tiene la visión de un clásico, los hechizos del aislamiento, busca relieves entre tocar el agua y desatar granizo. Sus dedos palpan la beatitud del cuerpo: azúcar negra al desgarrón.  En el rigor de la quietud, fermentan vibraciones, respuestas. Si te llama, huye, repite instintivamente. El tímpano frágil, atento a la resonancia. Una cortesana con oreja de lince. Superstición y libertinaje. Estado de alerta. Su memoria guarda cada frase y junto a la frase: islotes, húmedas huellas de expresión. Ya habrá tiempo de escoger o rechazar. Lo que entra y lo que sale está en su haber.
Fue Celadora en la cárcel del distrito, se conocieron ahí. Tiene un rostro que produce evocaciones en alguien dispuesto a olvidar. Coser es una ocurrencia posterior. Arte de fuga. Las golondrinas vuelven a ser golondrinas aunque llegue el invierno. Pasteles de azafrán en la tierra y en el cielo.
Ella prefiere no mirar al Viajante mientras habla, así se asegura la deriva. Una lenta sorpresa flota por las noches en la habitación, el pez de plata ondula insensible a los alfileres esparcidos sobre la mesa.  
     
Él va tomando coraje a medida que habla, se ejercita con súbitas inmersiones, traza curvas, arremete, explora. Sus palabras suelen desencadenar nirvanas. Da dos o tres pasos hacia ella como si quisiera y no quisiera acercarse. No necesita tocarla, su cuerpo a escasos centímetros tiene la misma elocuencia que su voz. Cejijunto y anhelante, ha logrado escapar a la deuda sanguínea y reconstruir la salud salvaje de Claudel. Olor a vaca y carne humana.
                                                          
Si bien la Costurera permanece gran parte del día en la casa, no significa que esté encerrada. Por la tarde visita a su Tutor: el Alcaide de la prisión. Sólo tiene que cruzar la calle para verlo. Las salidas no son clandestinas, tienen carácter obligatorio, alimentan la frontera de un poder lujurioso, sin duda llevan al Viajante a oír una y otra vez el grito del animal engañado.

La ventana a través de la cual ella mira es opaca. El centro del equilibrio del contraste se multiplica. Los cristales son esmerilados y las persianas suelen estar bajas. Reino paralelo y sombrío. No hay cortinas que velen la imaginación de los colonos, los ventanucos de las celdas enfrentan la casa.

El Alcaide también cruza la calle para verla. Lo hace cuando ella se entretiene con la radio y descuida sus deberes, nunca en presencia del Viajante. Tiene llave pero golpea con el bastón. Siempre han disentido a propósito de cerraduras. Al entrar le recrimina haber dejado la puerta abierta. Es una escena que se repite porque ella desobedece; ha dejado de ser la Niña que amonestaba a su antojo. Cuando lo ve enarbolar el bastón, se lo quita y amenaza golpearlo. Una caricatura. Es frecuente que rían cuando están solos. Un poco de materia puesta a arder.

El Tutor se va en gestos así como el Viajante en palabras.
Ella no parece una mujer sino dos.
Esa es la clave para entender algo: adquirido un montículo ruedan los soportes arenosos. Ninguno de los tres habla del indulto.

(Todo empezó antes).
La Niña tenía manos suaves que no sabían escribir pero llenaba cuadernos con palotes. Cómo se encariñó es un interrogante que aún hoy el Tutor se formula.
La primera vez que entró a su despacho, metió la mano en un bolsillo buscando monedas. Los dedos demasiado pequeños para sacar el reloj, tironeó. Estaban solos. No recuerda haberla golpeado, tampoco recuerda el llanto de la Niña. Cree que nunca la vio llorar.  Quizá el día del reloj la golpeó hasta darse cuenta de que no lloraría. 

La memoria de ella es más precisa. Le habían extirpado las carnes rojas en el Dispensario de la cárcel. Sin prolegómenos. Abrí la boca y se la abrieron. Lloró porque le iban a cortar la lengua. Volvió a crecer, pensaba metiéndose los dedos.
Ahogo, sangre, silencio. La llevaron al despacho del Tutor creyendo en su mudez. Una diablura, dijo él y la sentó sobre su falda. Después le regaló un cuaderno: Se hace así y le apretó la mano contra el lápiz.
La Niña no iba a llorar aunque la golpeara. La golpeó al verla rayar el escritorio. Volvió a hacerlo suponiendo que estaba sordo. ¿Qué esperaba? Ella hubiera debido preguntar pero sus dientes seguían apretados.   
                                                          
Mientras la Niña de pelo corto jugaba en el patio de la cárcel  apedreando mariposas, el Tutor anticipaba su vejez. La paternidad es una operación correctiva. Todos los músculos en vilo. Disciplina. Rigor. Aislamiento. Suplicio.
Le pellizcaba los pezones hasta volverlos parduscos. Mordisqueados hasta el mareo. Las heridas cada vez más grandes despedían un olor cada vez más dulce. Entonces, una lamparita de vidrio azul y otros regalos iban en su auxilio.
Todo era normal para la Niña. Ni antipatía ni malicia. Acariciando el voluminoso vientre, se acostumbró a decir: ¿Dónde estará, dónde estará la lombriz?

Una docilidad arbitraria, puntiaguda, similar a la conducta del Tutor. Después de la agitación y los mordiscos, ¿qué hacer?  (Llaman olvido al nombre que cae). Ella también aprendió a decir: Maldita felicidad, nos devora la vida. 

Sábado por medio la bañaba. El agua aún caliente, la espuma, los dedos surcados como nueces, las mejillas muy rojas, el ombligo. Pura seda la piel. Al restregar, se desprenden las costras.
En un instante, el cuerpo de la Niña agitado por la ebriedad del odio. Si es intenso, el ardor levanta vuelo.

Ella creció rápido como pudo, a favor y en contra de la precocidad sin credo ni pátina sanguínea. Por el resorte de la intuición algo pensaba sin saber pensar. Sentir era muy fácil, desde el inicio más y más hasta llegar al tope.
Un trabajo menor: impedir, esconder, disfrazar. Astillas de hueso nadan en sus venas.
Tempus destruendi. Una tranquilidad pertenecer a alguien, estar vedada. Nadie podía golpearla. En los talleres de la cárcel, la evadían. Regaló lo regalado para comprar confianza. La señal de la cruz cuando el Tutor aparecía. 

(Volvamos a empezar).
Cuatro años después de haber asumido la tutoría de la hija de su amante asesinada, el Alcaide sentó a la Niña sobre sus rodillas para sacarla del mutismo en que había entrado a consecuencia de una extirpación de amígdalas. El Dispensario funcionaba de primeros y últimos auxilios, el Tutor podía dar fe porque había sido testigo cuatro años atrás de la extracción forzosa de una criatura raquítica, a ojos vista idéntica a la madre agonizante. Por esa razón,  uno y otro hombre se comportaron de manera absolutamente opuesta; mientras para el esposo asesino la Niña pasó a ser la sombra de una muerta en vida, el Alcaide la recibió con la dicha que se recibe un milagro.
Debe haber sido una intuición no una certeza, la certeza la tuvo cuando se la llevaron al despacho; hasta entonces no sabía quién la cuidaba pero, más que cuidarla, quienquiera haya sido el encargado había puesto bastante esmero en descuidarla. Inapetente y muda, sucia, mal vestida y lastimada, el puño pegado a la boca, los ojos secos, hundidos.
El Tutor la subió sobre sus piernas sin saber qué darle para que olvidara y se olvidó él, no la Niña. Olvidó que era una criatura y empezó a hacerle lo que le hacía a la madre. Más aún, llegó a pensar que su cerebro omitía señales, desfiguraba los estímulos. Eso sucede con la sordera repentina, se dijo, y la golpeó fuerte y despacito; era lo que siempre hacía aunque aquella vez no estuvo en juego su instinto desgarrado. Le ocurrió algo más elemental, un desafío, no podía creer que la Niña no llorara y no lloró nunca más, desde que por llorar le extirparon las carnes rojas, así las llamaban en el Dispensario y las tiraban al gallinero, desde que la amenazaron con cortarle la lengua. Lo de la lengua no era imaginación del Tutor; la Niña hablaba en sueños, se apretujaba contra su cuerpo como un monito que huye de la tormenta y trepa al tronco del árbol más alto; cubierta por un sudor helado repetía tres palabras, siempre las mismas: La lengua no, la lengua no.

Ella siguió teniendo pesadillas hasta mucho después que el Tutor la trasladara a una de las casas del complejo penitenciario por la comodidad de la distancia. Sólo tenía que cruzar una calle, aunque no debe haber sido por comodidad, terminó mudándose con la Niña para espiar cada movimiento, no fuera que alguien se la quitara o ella escapase con el encargado de la caballeriza con quien pasaba horas entre el olor a orín y los fardos de heno.
Siguió con pesadillas, eso no pudo cambiar, ni suprimir como suprimió los gritos y lloriqueos; todo lo que dependiera de su voluntad ella lo hacía. Dejó de subir al banquito al verse sorprendida mirando sus morisquetas en el espejo, fue ver al Tutor y cambiar de actividad en un minuto; a partir de ese día, en lugar de la lengua y los dedos toqueteando, como si el Tutor escondiera entre las piernas un animalito, le abría la bragueta y preguntaba: Dónde estará, dónde estará la lombriz.      

Una línea negra limita el relato, tres canales lo surcan.
Existe la tentación, el coágulo sedoso, imantado y pétreo, existe aunque no sirva para nada. Contornos finos o demasiado gruesos, drapería mojada, nube escarlata. En esa línea (ni experiencia ni brillo) cualquier proceder es un azar, vaivén, desatino, subrisio onis.

Los ojos del Viajante caen sobre un folleto. El tren avanza y él se distrae leyendo el anuncio de una obra de teatro. Nunca fue espectador pero bien podría empezar a servirse de algunos trucos, piensa. En el papel, hay dos figuras y una advertencia: Basta de explicaciones, el diálogo es un ruido más entre otros, los actores cuentan una historia visual.
Esa idea va a implementar ante la Costurera cuando llegue a la casa. Su éxito depende del programa de radio, si ella escucha es insensible a todo lo demás, argumenta: Los músicos tocan para mí.

Lo recibe el silencio. Tres o cuatro pinceladas y encuentra el personaje. Describe las gárgaras con vino tinto que el mozo de un restaurante hacía en el mostrador. Demora en el líquido embutido, arrojado, embutido y las protestas de los clientes que todavía suenan en mi cabeza, dice: Un batifondo similar al motín de Agosto.
(Alude a la noche en que un grupo de presos atrincherados en la cocina daba puñetazos, golpeaba metal contra metal, los cuencos contra las rejas).

El Viajante oscila entre meterse en el motín o continuar contando cómo el dueño del restaurante empujó al mozo hasta la salida. Sus gritos en el tumulto ni se escuchaban, únicamente se veían los brazos en alto, el cuello tenso y una mueca en el hombre que daba un portazo y decía en voz muy alta: Éste público necesita show. Este público necesita un show y lo tendrá. Si un loco cualquiera produce tanto revuelo, todo lo que puedo decir es: Vuelvan, vuelvan a hacerse gárgaras en el mostrador.

La Costurera sorprendida por el giro del relato mira espontáneamente al Viajante.
Él habla de corrido sin huellas de intimidación. Cuenta que a su alrededor no había quedado nadie. Eso lo hizo dudar; el dueño de repente apartó las mesas y lo dejó en el centro del local formando parte del espectáculo.

Advertida de la brevedad de las escenas, temiendo que el Viajante deje el relato inconcluso, la mujer contiene el aliento. Inmóvil como cuando lo oía gemir en la celda hasta que entre gemidos la nombraba. Entonces, ella y la sombra de su cuerpo en un ángulo del techo de la pared vecina se movían como si la penetrara. Le dan ganas de moverse con el frenesí de aquel tiempo, siente la misma excitación pero se refrena. Necesita saber dónde queda el restaurante, ir con el Tutor. Él siempre está dispuesto a lucirse, a que los vean juntos. Se le suele escapar el reproche: Ya no te sirvo para nada.
Está segura de que iría si desconociera el motivo; es decir, debería llevarlo engañado. No es su intención controlar los pasos del Viajante, quiere sacarlo del papel de prisionero, hacer gala de su locuacidad porque frente al Tutor el Viajante calla como si temiera perder las carnes.
                                              
Quizá todos sean dos y no uno, o más de dos.
Los personajes comienzan a expandirse, a vivir en doble vida, a esperar encapuchados la aparición de algo desconocido.
Más allá de cualquier pretensión, la historia no tiene principio ni fin.
Ni cómo se llama ni quién es, a lo sumo qué dijo o qué hizo.
Una ilusión: seguir la secuencia, el vibratum de la voz.
El oro vuelve a las profundidades, allí se pudre.


Fragmento traducido al inglés por Jessica E. Powell y publicado en Review 75 Argentine Writing and Arts, Literature and Arts of the Americas, November 2007.