Liliana Heer

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©2003
Liliana Heer

 

Desde hace unos años los escritores, quizás para evitar la repetición o por un afán de originalidad, nos hemos dado a contar historias ya contadas, sólo que cambiamos el punto de vista del narrador.

De esta manera, asistimos a que Moby Dick no es la historia de Ahab, sino la de la mujer de Ahab. Desde esa perspectiva, Wakefield no es la historia contada por ese hombre que por años se va a vivir a la vuelta de su casa, sino que es la espera de la mujer de Wakefield.

En Repetir la cacería, el libro de Liliana Heer, nos encontramos con un procedimiento de alguna forma similar. Desde un elemento tan simple como un cumpleaños, la trama se desdobla al menos en dos historias paralelas. La de la narradora y su madre, a la que se contrapone la historia de Meursault -el personaje de El extranjero de Camus- y la muerte de su madre.

Sin embargo, el recurso es lícito. “Fusionar, hacer converger, lo propio y lo ajeno, ejecutar un tema descubierto por otros, introducir personajes prestados, prolongar el giro del corrousel”, podemos leer como petición de principios en la página setenta y dos.

Pero no solamente, ya que “cuando pierden la armonía” los personajes de este texto de descompasan para transformarse en maniquíes que entran a girar en un territorio de cacería, donde impera un tiempo en que “todo lo que no es enseguida es demoníaco”. Maniquíes o remedos de espantapájaros, intentan burlar a los cuerpos que los incitan a la demencia.

Desde El romance del Viejo Marinero, al sueño goyesco de la razón y concluyendo con Hitchcook, los pájaros son los mensajeros de un aura ominosa cercana al universo demoníaco. En Repetir la cacería, el lector se encuentra sumergido en dicho universo. No tanto por el contenido de la anécdota, no tanto por lo que los personajes verdaderamente hacen, sino por lo que imaginan que llegarían a hacer.

Luis Gusmán