Liliana Heer

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©2003
Liliana Heer

Reseñas de Repetir la cacería

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De la caza de los elefantes y mirlos
Por Itatí Rolleri
Revista Espacios, 2003

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La imagen atrae por su fuerza y seduce: pensar el relato como una escena de caza que vaya contando a la vez la persecución y la huida, la espera y la celada, que siga, en montaje de fotogramas, las secuencias del cazador y su(s) presa(s). Dicho en otras palabras, “Apostar al sagrado instinto de fuga, perseguir una idea hasta el límite, burlar el límite, torcer la métrica, multiplicar las fuentes, seguir el cálculo de la imaginación”. Esto es lo que Liliana Heer propone en Repetir la cacería, su último libro, encabalgado a lomo de tres historias mínimas, reintegradas en una extraña alquimia que intercala lo ficcional con la metarreflexión del artificio literario a modo de “giro de carrousel” en donde convergen “lo propio y lo ajeno”. Y este es uno de los temas interesantes - entre otros- que nos depara el texto, dado que aquí, precisamente, la categoría de “propiedad” aparece sacudida con cierta displicencia para dejar bien en claro que lo único propio que tiene una obra es su escritura.
La trama de la novela va desplegando, con la gracia elegante de los abanicos, los hilos sesgados y paralelos de la vida de sus protagonistas. Son convocados a esta cacería, Mersault, el personaje de El extranjero de Camus, una madre y una hija, demasiado apegadas por el encantamiento que les proporciona ese vínculo y una cantante rubia de blues que repite siempre la misma triste canción, extrapolada de Bloyd, otra de las novelas de la autora. Todos ellos, frágiles figurines arrimados al borde de la existencia. La violación, la muerte, la culpa o la vacuidad de sentido son abordados desde el único lugar posible que puede develar sin nombrar, desde la poesía.
La decadentista invitación a un suicidio por parte de la madre inicia el relato el día en que su joven hija cumple catorce años. A partir de aquí la prosa poética de Liliana Heer irá hilvanando en depurada filigrana las brevísimas  y elípticas escenas montadas poéticamente en el blanco de la página, otro de los aciertos del libro que descree de la categorización de los géneros. Hay un deleite por el susurro que las palabras provocan y así, en ese tono a media voz, acunado en la penumbra de la conciencia, pasan las historias, descamadas en el arte del palimpsesto.
 ¿Y el cazador? Esta vez no está oculto, sino de cuerpo entero desgranando a contravoz su ars poética en apuntes intercalados. Tensando el movimiento, modulando las formas, regulando el ritmo, siguiendo a sus presas y deleitándose con aquello que, en un sorpresivo giro demoníaco, aún podría acontecer.



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