Liliana Heer
ebrio equilibrio

 

Presentación




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©2003
Liliana Heer

 

 

 

 

 

Spleen, stop, no way: Sobre Ebrio equilibrio de Liliana Heer

por Walter Romero

 

Delicado equilibrio se llama la inolvidable obra de Edward Albee que en 1966 acuñó el concepto de a delicate balance para sugerir la fragilidad emocional, psicológica y social de una familia de clase alta bajo una fachada de normalidad, educación y comodidad. Hay dilemas y colapso en ese equilibrio que nunca se estabiliza. Por otra parte, El barco ebrio es el título del famoso poema de Rimbaud, leído en el centro del cenáculo de escritores reunidos por Verlaine para acoger al provinciano venido de Charleville. Aquel adolescente huraño, de ropa desaliñada, manos de campesino y modales bruscos, ante el escepticismo total de la sala, comenzó a leer las cien famosas líneas de ese barco al garete que soltaba las amarras de un yo por fin desarraigado y en trance, pero escrito en perfectos alejandrinos. Hubo deriva y turbión en ese equilibrio nunca estabilizado.
Ambas poéticas parecen anidarse en la lírica profunda y descarnada —ahora en franca etapa de laconismo— de Liliana Heer, una autora que huye siempre del golpe efectista y que se ha constituido, desde hace tiempo, en una de las voces menos domesticadas de nuestras letras. ebrio equilibrio sostiene una mayestática del enunciado aporético: no hay progresión, sino una inmanencia de versos arrojados al vacío de la página. El verso largo aparece aquí enunciado como palabrería, una burda logorrea que no precisamos en los veloces tiempos que (nos) corren. Estos versos de Heer se automutilan; se cortan la mano antes de decir, por otra parte, lo que ya no se escucha. Su lírica es una forma del anonadamiento en tres líneas o, a lo sumo, en un pareado luminoso. Cada página es un blanco absoluto manchado por una voz afilada que, con ironía y sorna, delata la neutralidad pasmosa de nuestro tiempo, las imposturas sociales y las máscaras que nos cercan. Al mismo tiempo, utiliza cierto código de autoderrape, mediante la intromisión de esa lengua del otro que nos acosa: outsider, flow, rush, film, leitmotiv, affaires, rock. Florilegios que arman, en technicolor, un marco de ligero extrañamiento, como si la lengua necesitara extranjerizarse para anunciar la mascarada: “descolgar el disfraz, s’il vous plait”.
Hay tres palabritas, sin embargo, que no pasan desapercibidas en el azar del verso y que bien podrían formar un mantra filosofal: spleen, stop, no way.
En griego, la palabra aphorismos remite a un límite: separar fronteras. Fue Hipócrates quien los inventó como una forma breve de memorizar principios de medicina general. Heer escribe: “miro la punta del escalpelo/ disuelvo certezas”. En latín, los epigramas son inscripciones que, con el correr del tiempo, perdieron su naturaleza de lápida o de mausoleo y se volcaron veloces a la burla, al ingenio y al remate cómico. Heer escribe: “tan pronto oí decir/yo también/el diálogo perdió compostura” y refuerza: “ante sintaxis harapientas, vibración a la trompeta”. Fue Heráclito, el oscuro de Éfeso, quien nos aportó —como una cruda lección del tiempo— tan solo fragmentos: remanentes luminosos de demoliciones históricas y desapariciones que descarnaron el cuerpo del texto, para entregarnos migajas que emulaban el tono oracular. Heer escribe: “un paso adelante/quien pretenda no dialogar consigo mismo”.
El verso se apocopa, se adueña de la irrisión y se desnuda. Es también el «yo» el que trama una estentórea desaparición: uno lo busca con insistencia en estas páginas, para alojar y anclar la voz de quien emite. Así, el rescate también se anonada, porque hay frases que parecen sostenidas apenas por el hilo del discurso, enunciadas exprofeso, pero sin timonel: algún escaso «Yo» en mayúsculas y varios buceos, miro, monto, casi siempre en presente. Un yo escaso y cansado de obturar se esconde mientras la voz fisgonea. Al detenerse en ciertos verbos como alquilo, vendo o regalo, parece que ese yo ensimismado estuviera de algún modo en subasta. Ante la dictadura del éxito, la estetización de la intimidad y el agotamiento mental de nuestros días, ese mínimo yo se ofrece como víctima sacrificial en los patíbulos del self.
La denuncia se proyecta hacia los fugaces hedonismos, los huecos paradojales, los bochornos transitivos, las escaramuzas a contraluz, los formatos preventivos, las ruletas del vicio, los sujetos fantoches, las sintaxis harapientas, los afanes redentores, las frases admirables, las operaciones bifrontes, (a conseguir cómplices), a las simpatías empalagosas.
Esta poética acusa como quien regurgita un malestar contenido, o una puteada dicha entre dientes, que busca desarmar martingalas. Aquí, fulgurantes simulaciones quedarán denunciadas: hay “bellas coristas disfrazadas de vírgenes”.
Si hay humor y señalamiento de las falacias, acaso el borde del verso y de la expresión se perfilan como caminando en una cornisa que llama y atrae. No sorprende entonces la tentación de la caída, a lo Beckett o a la marchanta, poco importa. En la poética del no, hay malos sorbos, pero también una definitiva postulación que intenta resetear tanto desdén: “junto al precipicio me sentí joven”.
En última instancia, ebrio equilibrio clausura cualquier pretensión de pacto complaciente con el lector, para ofrecer, en su lugar, una sobria embriaguez analítica. No hay redención en el fragmento, sino la altiva dignidad del resto, la quirúrgica constatación de que la palabra, cuando renuncia a la ornamentación y al simulacro, recupera su filo punzante.
Al suspender las amarras de la linealidad burguesa, Heer no nos propone un naufragio celebratorio, sino una lucidez fronteriza; un espacio liminal donde la vacuidad del lenguaje contemporáneo es cercada y expuesta.
El libro opera, de este modo, como un artefacto de resistencia poética que, entre el murmullo de la puteada y el fulgor del aforismo, nos deja suspendidos en esa paradoja del desasimiento: jóvenes ante el abismo, despojados de certezas, pero munidos de una sintaxis inquebrantable.