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Liliana Heer

Reseñas de Frescos de amor

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Trampa para díscolos
Por Liliana Heer
Página 12, Cultura: Primer Plano
Buenos Aires, septiembre de 1995

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Según cuenta la psicoanalista y escritora Liliana Heer –Dejarse llevarBloydLa tercera mitadGiacomo, el texto secreto de Joyce- en esta nota, su última novela Frescos de amor significó un cambio en sus búsquedas narrativas.  La historia de dos hermanos a quienes une la locura y el incesto está trabajada con una perspectiva cinematográfica que remite a Wim Wenders, Jim Jarmusch y, sobre todo, a la pasión entomológica de Luis Buñuel.



Trampa para díscolos

Escribir, en su definición más alegre, es un desafío. Frescos de amor es la novela que quise escribir. En libros anteriores lo único que me importó fue la pelea con lo resistido del len­guaje. Mi pretensión era doblegarlo, buscar ángulos de vulnerabilidad, apropiarme de sus en­crucijadas, aniquilar facilismos y lugares comunes, husmear en la superficie de la letra, ver y conquistar su brillo, la opacidad, las leyes. Extraer de la materia fuego. Bloyd y La tercera mitad son incendios, desiertos, espejismos, flashes más preci­samente que novelas. "Una estafa editorial", escr­ibió una vez un crítico intentando rescatar el valor de la diferencia, de lo inclasificable. Confieso que esas novelas son el cielo azul de las superposicio­nes, el supuesto caos del azar, lo simultáneo. Ba­jo la niebla de todas las horas, me batí a duelo y aún hoy tengo de mí la idea de alguien que espera el sonido del silencio y trata de descubrir su ritmo claroscuro en algún pun­to del universo.

Otra fue la aventura de Fres­cos de amor. Pasar de tener un solo tirano a tener dos -el len­guaje y el mirón- no deja de parecerme aún más difícil, es si­milar a poseer varios ombligos.
Esta novela es un texto de ja­que. He dado rienda suelta a un rasgo erotómano, es un poco peligroso, inquietante, violato­rio, acaso herencia de Bloyd.
No sólo escribo para iniciados, inventé una trampa para dísco­los, para los ojos acostumbra­dos a la anorexia, el hastío, la basura y el zapping. Por eso hay una guerra. Siempre hay gue­rra, incesto, alegría, locura, fiesta de imágenes, muerte. Caían las fronteras en Europa del este mientras in­tentaba narrar cómo suelen caer algunas fronteras del alma cuando alguien enlo­quece, pierde un amor, una creencia, la fe en la vida. Quizá por esa razón los personajes sean tan palpables, resulta di­fícil no vibrar ante la inmediatez de Fe­derica Orlac.
Soy adicta a ciertas ceremonias, ne­cesito creer en los personajes, me gusta buscar con ellos una historia, un tono que hará la historia irrepetible. Nada neutro. Por un instante, el orden del mun­do parece detenerse. Es una mezcla de lealtad, delirio, buceo, arrojo, pasión por capturar lo no sabido. No siempre están las palabras cuando se las necesita, a ve­ces parecen evitarnos. Cuando empecé contaba con cuatro palabras: hermano, casino, locura y guerra. Luego con algunos nombres: Anner, la mujer del general Orlac, pianista y cantante que muere al dar a luz a Javier. Lengua de hermanos: e1 incesto. Len­guaje astillado. Algo desata la locura del general. Laten sus furias por haber sido engañado. Eso cree. Tiene la certidumbre de que todos mienten. Eso grita. Inconcebible un error de la naturaleza. ¡Se fue con otro! aulló durante años cada vez que bebía y cada vez que bebía necesitaba viajar, elegir entre sus amigos un espía, un doble, un traidor. No  admitirá la muerte de Anner, no es necesario ape­lar al olvido, lo ocurrido no ocurrió. Anner está vi­va, la servidumbre debió comprender que si no atendían a la señora iban a ser despedidos. Una de las fórmulas más simples para enloquecer: acomo­dar los hechos a su antojo. Federica, su única hija -lupa de vidrio esmerilado- observa, destila an­gustia y cuenta esta historia a su hermano y al lec­tor.
Hay entremundos posibles. Una noche en la es­tación de trenes las imágenes van apareciendo. El azar enfrenta a Federica con un grupo de filmakers  y su vida se abre como suelen abrirse por el me­dio algunas sinfonías. Entre realidad y celuloide irrumpen personajes, golpean las acciones.
Tiempos de miríadas. Mascaradas y gestos au­tomáticos. Tiempos de escasa entrega. La cámara filma, muestra fragmentos, desnuda, ilumina, interroga. El ojo que mira expande y contrae el re­lato, abre círculos de escenas. Como si los encuen­tros tuviesen esperanza real, el ojo da lugar a otras secuencias. Se filma el último rincón del milenio. Reloj de arena de la humanidad en blanco. Coor­denada suplementaria en el interior del espacio. Geometría con torsiones quirúrgicas. Coartadas de la ciencia. A la manera de Buñuel, una bióloga se especializa en el estudio del Nosopsyllus fasciatus, variedad de insecto cuyo huésped preferido es la hembra. Porque si no es el ojo humano, será el pensamiento quien permita descubrir los nexos que llevan a depender de otro, inclusive bajo 1a excu­sa de preservar la especie.
Una nueva revolución industrial fuerza a inven­tar, a reescribir estilos de convivencia impensa­dos. Cicatrices oníricas, altavoces: El arte como acto de protesta, tensión extrema, triunfo de lo car­nal. Aprender a vivir y aprender a morir, rehusar­se a ser dios. Un cineasta en la novela se ríe de la bolsa de crueldades que el idealismo atesora. Ríe también de las malas consecuencias de las buenas compañías, del encomio que el suicidio inspira, un desenlace extrañamente venerado por cobardes y violentos.
Frescos de amor me concedió el derecho a ele­gir una frase de Kafka como epígrafe: "Un libro de­be ser como un pico de hielo que rompa el mar con­gelado que tenemos dentro". Al­go debió deformarme, torcer mi curso como el montaje altera el ritmo de una historia. Quizá es sólo un refugio suponer la cau­sa en el comienzo. Empezar a vi­vir el día de tu nacimiento ha­bría sido otra alternativa. Empe­zar a vivir sin tener noción de hermano ni de locura ni de muer­te; recordar a partir de ahí, vol­ver posterior lo anterior, ignorar el uso de las palabras, solamen­te volver una y otra vez a la ce­remonia, confundir velorio con festejo, recorrer salones, igno­rar que alguien impedirá que su­ba a una silla o trepe para espiar lo que han puesto en el cofre de madera, no intuir el destino de ese cofre, ca­minar entre los sopor­tes de hierro, correr al­rededor del vacío que han dejado los mue­bles, oír los ays, la agonía, el silencio, el llanto del niño nuevo, oler flores de otros jar­dines, flores a las que llaman coronas, hacer rodar esas flores y reír, estar fuera del tiempo de los ritos, pedir uno de los peces que en la cocina matan y hablar­le a esa mínima vida que boquea, esperar la llegada del padre que está de viaje y cuando vuelva no hablará, no poder entender que el padre se ha vuelto loco: no creerá en la muerte de su esposa a quien al irse ha dejado viva. Anner se llamaba, Anner se ha ido sin despedirse, lo abandonó, eligió partir, miente el mé­dico, miente el sacerdote, miente Celina, la enfer­mera que cuida a la única hija de ese general espe­cialista en ganar guerras de fronteras, mienten cuan­do quieren imponer a un bastardo, sólo no miente Federica porque todavía no ha aprendido, no le en­señaron a mentir, está en el comienzo, al borde del primer engaño, el que se cultiva con malentendi­dos, por el que transcurre la infancia, donde los ma­yores se refugian y algunos locos viven.


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