Liliana Heer
Poemas


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©2003
Liliana Heer

Liliana Heer lee en Luna enlozada
Programa radial - APOA



Cuando cumplí catorce años
mi madre propuso que nos suicidáramos
en realidad
ella no utilizó esta palabra
fue una simple sugerencia exenta de patetismo.

 

Estábamos cerca de un puerto
hacía calor 
íbamos del brazo
como suelen caminar en las pequeñas poblaciones.

 

La sombra de los cuerpos
marcaba la proximidad del mediodía
su lentitud vegetal.

 

Entre esa madre y la hija que yo era entonces
todo parecía estar demasiado cerca.
Sin embargo            
un día emigré a otra ciudad          después a otra.
Fue pasando el tiempo
pero no mi amor hacia esa mujer.

 

No sé si el atractivo residía en las historias o en su voz.
tenía el tono de alguien
capaz de acceder a innumerables mundos
sin necesidad de visitarlos.
Ella conocía el beneficio de la parodia
a la vez era experta en intimismos.

 

Una fragua de epitafios.

Por milagro nada cínico la poseía.
Gracias a un definido estilo naif
cultivaba la ciencia de lo no domesticable.
Como si hubiese mirado hasta el estremecimiento
logrando ver
que era una estafa el matrimonio
una desolación la soltería
un desvarío practicar la prostitución
obsceno depender de horarios
una bomba de tiempo ser mujer.

 

La imitación de esa modalidad
fugitiva ante los estereotipos
y cierta confianza en el instante
proliferó en secreto
me brindó el instrumento
para actuar con sosiego en situaciones inesperadas.

 

Paisaje de jacinto y azufre.
Ausente el matiz de culebrón
donde termina cayendo hasta el ideal más sacro.

 

Pero volvamos a aquel cumpleaños:
entre el muelle y el agua
había pocos metros de distancia.
Aún puedo intuir
el sonido de la inmensa superficie
agitándose contra las ancas de los barcos.

 

Creo que el sol nos hizo dilatar la idea.
May be the sun        Tal vez el sol
es el nombre de la canción
cuya letra apenas recuerdo haber escrito.

 

Caminábamos por el muelle
ninguna mencionó el temor a la traición
en el supuesto caso
de que alguien salvase a una sola.

 

Estábamos convencidas de saltar en cualquier momento 
no con el objeto de quitarnos la vida
sino para sellar un pacto
un nacimiento inverso
consigna que sería estandarte de mi generación
Vivir peligrosamente hasta el fin.

 

Sangre y amores.
Cómo imaginar que una escena equivalente
había sido dirigida por Jean Vigo en L’Atalante
y otra necesitaría de una guerra étnica
para que Kusturica
filmara-bajo las aguas del Danubio
a la joven desposada
nadando con traje de novia y tiara de flores.´

 

Memoria de palimpsesto.
A veces creo que la idea de saltar
fue una de las tantas ocurrencias que yo solía tener
y mi madre escuchaba como un lector manso
sin hacer comentarios ni reproches
solamente moviendo la cabeza con suavidad
nombrándome por el diminutivo.

 

Con tres o cuatro frases de algunos poetas
y Nietzsche por guía espiritual
fui a estudiar a una ciudad cien veces más grande
que aquella donde había nacido.
Pocos años después
iniciada en la corriente de la época
cuando aún no existían legados de esa índole
ebria de cielo sentí Soy hija de una hippie.

 

Bendecida por una libertad apócrifa
oscilando entre la revolución permanente
y los velos de la magia mescalínica
mi visión de los hechos era surreal.

 

Inútil sumar anécdotas
lo que otros creían exótico
me parecía inevitable.

 

Al hablar    mi lengua como una tijera recortaba sucesos
lo dicho era también descontado
trufado         mordido
dejando en suspenso la historia.

 

Lentamente         
como quien posee dos discursos
uno crudo y otro cocido
el crudo a fuego lento se convirtió en carne de mi ficción.