Liliana Heer

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©2003
Liliana Heer

Reseñas sobre Dejarse Llevar

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Revista Referente
Por Luis Thonis
Buenos Aires, invierno de 1981

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Esta aproximación a Dejarse llevar remite a los "blancos" que se entreabren entre las frases del texto, los cuales, al extender algo ilegible pero que funciona como otra superficie producen un ahuecamiento de lo semántico, alcanzando y siendo causada por distintas palabras extrañas y esotéricas que organizan, cuando suenan, un relato acertijo. Surgiendo a veces al proferirse, abriendo un hueco en la frase o la secuencia, esos blancos, índices que pueden variar según las unidades de lectura son "acordes" pero sobre todo "disonancias" al quebrar los ejes de causalidad que consagran el relato a lo figurativo.
Los ejes sucesivos quedan interrumpidos cuando la secuencia diverge o la palabra extraña cae, imponiendo un desequilibrio a un ritmo, difícil de definir, pero legible en "Tres golpes secos'' o "acordes", notaciones explícitas en sus sentidos que el texto transforma, diversificándose.
Son lugares de acertijo y de conjetura, donde lo verosímil se aminora y que hacen pensar que los relatos no serían ajenos a los procesos del sueño, homología que desde ya carece de interés estético y que sólo suscita el encanto feérico del libro; el relato, en su entresueño, trata la palabras como "cosas" o inventa, como el sueño, su propia gramática; vuelve elástica a la imago rota en las palabras.
En casi todos los relatos algo representa, en perpetua colisión entre lo designado y lo expresado, algo eludido, no representable, para alguien, soslayado por la descripción pero retomado por la distancia oblicua del narrador, al punto que quien lee permanece el medio, en los bordes de una escena fija, siempre desplazada: la carta, la cita, el teatro, son algunos de los idiomas falsamente representativos, monedas de un lenguaje falsificado, signos que ya perdieron el crédito, como lugares de reconocimiento y reunión, para adquirir el estatuto de lenguajes desviados: conjeturas sobre el cuerpo, argumentos sobre el azar, epifanías de la palabra esotérica, estos relatos de breve extensión convierten a estos signos en rito de pasaje y palabra de conjuro.
De otro modo, en "Una Marca", la inscripción que crece y se ostenta en el cuerpo viene de y recurre de un tiempo anterior, sin cuento; previo a la bifurcación de las zonas del intercambio erótico y el intercambio comercial (prostitución); esta separación de las zonas, permite que el relato pueda escribirse, que algo suceda, pero la marca in crescendo vendrá a perturbar como repetición la economía de esos intercambios, ya erótico o comercial; esa marca
no es erótica, viene a hacer sonar su acorde sobre lo erótico-comercial de la zona "real" del relato.
"El pasaje Nelson es la intersección del intercambio
erótico-comercial sólida expresión de una feliz alianza entre el ámbito lupanar y las autoridades de la zona". En torno a esta unión, a la juntura de las zonas, el relato se sucede en diversos grados de ironía, la de un humor loco y de costumbres, que afirma, por ejemplo, una relación sin concordancia entre la causa y el efecto: "el timorato don Diego, quien ante la aventura menopáusica de su mujer decidió inscribirla en el Conservatorio Nacional de piano''.
O la más inverosímil, que hace pasar lo erótico del lado de lo burocrático y lo comercial: "Pensaba que cuando uno está con alguien al que no lo ligan otros lazos que los eróticos, éstos se despliegan en toda su intensidad como en los tratos comerciales". La irrupción de la marca en la escamadura corporal viene a introducir algo no representable, impensable, con filiación de anterioridad respecto a la bifurcación de las zonas; de las posiciones término a término y los diversos grados de ironía, contrapunto y atenuación de la marca. Como Fatalidad, la marca puede ser única dote u homenaje pero siempre remite a las demás marcas a lo indiferenciado: "Cada noche en el homenaje a la marca estaría ausente y su espectáculo se internaría entre otros tantos anónimos". La inversión que parodia el erotismo como algo exterior al intercambio no seria ajeno a la definición de "escritura burocrática" que hiciera Jaime Rest. La marca es ese otro exterior que perturba los intercambios; es homenaje, don y repetición; así también, puede leerse en Lagartos cómo la cita de un escritor ruso es el hilo perdido de una reconstrucción imposible; los idiomas del canje son aquí cuerpos expulsados (vómitos); lenguaje sagrado del sacrificio y el homenaje, respecto ante un cuerpo imposible, ausente. no representable entre dos cuerpos. Quizá Juan Cruz sea distinto a los otros relatos, porque en cuanto relato de reconstrucción supone una unificación de los blancos y una sucesión compacta que restituye los ejes temporales en una posición más legalizada del que narra. Se cuenta lo que ha sido pero sin la irrupción de lo que nunca puede ser; quiero decir, cesan las palabras esotéricas para dar lugar a una literatura mas verosímil pero no menos lograda. Me detengo apenas en "Tres golpes secos". Como sombras sonoras, los tres golpes suenan al comenzar el relato; en la primera escena y el primer golpe, suena el nombre "Emelinne" a quien Oscar convenció para dar muerte a alguien, quizá Marcos, ya que todo el texto está conformado por disímiles sustituciones: "Acaso la sustitución era más compleja. Recayó sobre la evaluación del estado en que se encontraba y una serie de dudas lo sumergió en ese 'Marcos' aparecido imponiendo al velatorio una obscenidad imperdonable". Lo obsceno no es haber matado; es pronunciar ese nombre, el de "ella'' ante el muerto, el del muerto, en los varios cuerpos de encubrimiento que generan las palabras extrañas. La posterior sustitución de las huellas parecería evocar, de otra manera, la escena de generatio aequívoca de "En concepción sublime"; en este caso no se trata del sarcasmo sino del calco de los sucesores ante un muerto impensable, irrepresentable, como si del pasaje entre los sucesores no pudiera obtenerse una misma sucesión: el crimen. Por eso lo no representable, Marcos, el posible muerto, reaparece no ya como nombre sino como correspondencia.
Este libro de Liliana Heer, con sus signos que pasan del reconocimiento al conjuro; o bien esa oscura laberíntica que se genera a través de las palabras extrañas acaso permitan situar su libro del lado de la literatura fantástica. Había querido, mediante la lectura de algunos blancos, de la escucha de algunas voces señalar a quienquiera sostenerse en ese lugar oblicuo y siempre desplazado, a quien se deje llevar, que la hendidura entre su símil y sus tantas desemejanzas es otro posible umbral de entrada
a su ficción.


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