Liliana Heer

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©2003
Liliana Heer

 

 

 


Prólogos

¿SE PUEDE ACASO VIVIR FUERA DEL TIEMPO?
Por Anahí Mallol

¿Se puede vivir fuera de lo que se ha leído? Si como afirma Macedonio,
y es el acápite de este texto, fulminante como un rayo, “no
hay muerte donde hubo un presente, un solo instante de él es seguido
por la eternidad”, la felicidad de la letras es la del instante, y la
eternidad, el retorno de lo literario.
En esta estela se inscribe Para empezar aplaudiendo. Texto de
reversos, relecturas, y a la vez, hallazgos como relámpagos, éste se
escribe a partir de lo que dispone, repite, calla, fulgura, hace desaparecer,
para, en última y primera instancia, turbar el silencio de la
muerte y la muerte del silencio.
Con una disposición dramático-musical, las palabras juegan con
las citas, y a la vez las desdicen o las llevan a su punto de máxima
expresión, que es también el de su quiebre. Jugando en los extremos
de una escritura ya de por sí extrema, la de Macedonio, de una filosofía
y una estética que no pueden trascenderse porque se burlan de
su propia trascendencia, esta obra hace brillar su voz propia y su humor
a través de un juego sutilísimo en el que personajes inverosímiles
y a la vez consistentes se pasan la posta en una justa de frases que
van de la agudeza al sinsentido.
Lo que se escribe es el pasado de una lengua lanzado a su futuro y
en fulgor de presente. Lo que se escribe es la raíz insensata de todo decir
que busca no obstante sacudir la sensatez consuetudinaria para apuntar
más acá o más allá. El filo de la lengua hace la muerte como apertura en
la vida muerta de todos los días, en la letra muerta de la biblioteca que
se sacude y se pone a andar. Entonces, la lengua vive.
Yes posible apreciar, una vez más, superada toda distinción genérica,
que la letra viva está del lado de la música. Porque no es sino la
variación infinita de una frase, si se quiere musical, la repetición levemente
variada, lo que horada lo dicho, lo que como muerte vivificante
horada la vida muerta de la frase lapidaria, lo que circula de un personaje
a otro, de un texto a otro.
Macedonio es aquí no la mudez ni la fijeza de lo ya dicho, no la
cita, sino el motivo y la música: el personaje ejecuta melodías, emite
sonidos, casi no habla. Y el actor no actúa propiamente hablando:
es el que da más vale las acotaciones escénicas, es quien reflexiona
sobre la actuación misma. Las cosas, estados, roles, se superponen,
o invierten, o vuelven sobre sí. Porque todo ha sido dicho pero no
hay original posible, porque ninguna repetición es estrictamente
idéntica a su aparición inmediata, el texto resiste a letra abierta, interroga,
contesta, reina en un intermedio, desanda los tiempos.
Todo esto podría ser secundario si no fuera porque, sobre todo, el
texto nos lleva a los lectores en su travesía, nos sacude, nos convoca,
entre las palabras, ahí donde se hace un agujero, en el sentido, en
el consentido, y desde ahí, llama, o dobla, o marea con el eco, desde
allí nos intima, al presente y a la eternidad, a ser y a no ser nada, a
dejarnos estar y a estar de cuerpo presente, a pensarnos, si mortales,
balanceándonos, lúcidos y confusos, con los pies en el borde mismo
que nos separa de la eternidad, nos une a ella.
Ya. Hoy. Aquí y ahora: esta experiencia a secas, el vórtice de la
lengua siempre ajena, esa lengua que es nuestra intimidad y su reverso.

No es posible salir indemne.