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Liliana Heer
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Liliana Heer |
Prólogos
UN PRÓLOGO DEMÁS
Por Miguel Espejo
Desde que el Aspirante a Genio se instaló en mí, no puedo recordar
si Joyce escribió “ya que la patria no cambia, cambiemos de tema”
en su pieza teatral Exiliados o en uno de sus relatos de Dublinenses. Supongo que a Macedonio no le importaría y lo imagino
respondiendo “este prólogo ha venido a llenar un gran vacío…
con otro”. Algunos estudiosos se aventuraron en la heterogénea obra
de Macedonio (llamarla completa sería un verdadero oxímoron) para
descubrir en ella un implícito sistema filosófico, que ha buscado
sus fundamentos en el idealismo extremo. No quiero desanimar a
estos investigadores del relámpago y de lo inconcluso, pero me da la
impresión que a la fórmula cartesiana de “pienso, luego existo”,
Macedonio anteponía gozoso y gozante la conclusión fulmínea de “existo, luego no soy”.
En la zona de lo imposible, adonde parece confluir todo el universo,
desde que se logró fotografiarlo y comprobar que no es infinito,
podemos imaginar que efectivamente Joyce y Macedonio no
han dejado nunca de ser la misma persona, ya que el hecho que uno
estuviese en París o Trieste, en lugar de Dublín, y el otro en una
Buenos Aires, capital de un imperio que no existió nunca, no impidió
que confluyeran y se consustanciaran para escribir eternamente
juntos, al igual que todos los hombres, sacados de la galera bíblica o
de Mallarmé, el mismo libro.
¿Cuál podría ser la diferencia de “un mordiscón ancestral del
subconsciente” del Ulysses con las disquisiciones macedonianas?
Creo que a su sistema o no sistema nadie se ha atrevido a llamarlo
“fernandiano” por temor a empantanar a nuestro mayor filósofo en
las correntadas turbulentas de ese nombre que desde Fernando el
Católico hasta nuestros días ha dado mucho que hablar (o callar),
que aplaudir (o silenciar), que gritar (o murmurar). Macedonio simplemente
nos dice: “Con mi inteligencia como crónica comunico al
lector: que no he ncontrado al Yo en mí ni fuera de mí”. Si frase tan
contundente basta para socavar al sujeto trascendental kantiano es
algo que escapa a mi discernimiento.
Macedonio es un personaje singularísimo, un juego de palabras
y un escenario de un modo parecido al que Macedonia es un país,
una ensalada de frutas y espantosas guerras balcánicas. Con el mingitorio
trastocado en fuente, Marcel Duchamp no sólo abrió las
puertas al confuso campo de los ready-made, sino que propuso que
todo lo existente es susceptible de ser transmutado en arte. Nuestro
criollo indagador de símbolos, propuso novelas transgenéricas,
bienvenidas póstumas, poemas memorables al mismo tiempo que
evanescentes y, sobre todo, transformar la realidad en el amplio territorio
de lo suspensivo. Por su parte, nuestra querida y talentosa
Liliana Heer nos sugiere que para ver y oír a Macedonio con una
guitarra, ejecutando uno de los preludios de Rachmaninov, es necesario“empezar aplaudiendo”. Junto a sus discípulos el Bobo o Tantalia.
Y arriba el telón.
Buenos Aires, 1º de marzo de 2014 |