Liliana Heer

Contratapa
Primer capítulo
Presentación
Reseñas

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©2003
Liliana Heer

Ángeles de Vidrio
Grupo Editorial Norma, Bs. As. 1998


Si el lagarto come pimienta  sudará la rama.

Akan


I. Cover

Ella no va a contar la historia de un loco. Vivió tantos años con él que poco le agregaría. No va a contar la historia pero empieza a hacerlo. Empieza por el final. Recuerda cómo lo conoció. El niño estaba en su cuerpo aún sin nacer, trabajaba de camarera en un bar y había sido echada por no impedir que un cliente partiese el espejo con una botella.
Como todas las noches, arrancó una hoja del calendario y puso la botella de whisky sobre el mostrador.
Repentino y fugaz, el movimiento fue tan inesperado que sólo pudo reír a carcajadas cuando el hombre que le pedía una y otra copa hizo estallar el espejo.
Rió al ver caer los cristales.

Ella no habría podido impedir nada pero actuar así fue la ocasión del dueño para echarla.
La llamó varias veces al orden:
            -¡Leonor! ¡Leonor!

Nombre que al unísono vocearon los clientes pidiendo más bebida; algunos parados sobre el mostrador para arrancar pedazos de espejo, otros pateando las esquirlas. El bar convertido en un motín. Golpes, estruendo, agujas de plata, simetría deforme. Sólo la parte superior del cristal permaneció adherida al inmenso marco de madera negra con figuras talladas. 
Los gritos del dueño en el tumulto no se escuchaban, únicamente se vieron sus brazos en alto, el cuello tenso, mueca en la boca que aúlla el nombre de la camarera.

Aun después de haber sido echada a empujones a la calle, Leonor pretendió seriedad pero reía. Júbilo nocturno. Risa en medio de la risa. Verdes y azules los reflejos del cartel sobre sus dientes.

El hombre que había tirado la botella, muy resuelto empezó a juntar cosas del piso: cosméticos y un tapado azul que sostiene mientras Leonor guarda en un bolso el delantal de camarera que no volverá a usar. Tampoco vestirá otra clase de uniforme. Bajo la consigna: Esto es una partida, escucha la promesa de Iván. Le pagará todos los martes como si trabajara, ofrece también alojarla en su casa: 
            -Vivo con Ruth, mi madre, en un edificio de arenisca color amaranto.

Leonor mira su vientre y recuerda una imagen. Varias veces vio aquella película en la que una joven criada mira su vientre después de espantar hormigas con un diario; el chorro de agua sobre los insectos. La criada en el ritual cotidiano mata, enciende el fuego, busca el molinillo de café, se sienta al lado de la mesa, entorna la puerta de la cocina con los dedos del pie para recién entonces mirar hacia abajo.
Los ojos de Leonor recorren su cuerpo de mujer encinta provistos de imágenes superpuestas, distantes del pesar que le inspiró la pantalla. Iván sigue la mirada de Leonor y, creyendo adivinar sus pensamientos, afirma con énfasis que Ruth va a estar de acuerdo con todo.

Lentamente van caminando hasta el hotel donde Leonor vivía. Ella pide su llave y sube por la escalera; Iván no la acompaña, otra vez de pie ante un mostrador, paga y se dedica a contar los casilleros desprovistos de cartas.

La sencillez del cuarto donde Leonor entra es notoria comparada con la sala de estar en la que Iván espera. En la pared cuelga un almanaque con la estampa de un puente, no hay otro adorno. Leonor hace una cruz en uno de los días pero no quita el almanaque. Luego, sin vacilar, saca del armario una valija a cuadros donde mete su ropa y un instrumento de percusión.
Al llegar a la puerta del hotel gira sobre sus pasos porque ha olvidado un detalle. Pide una lapicera al conserje y escribe dos frases en una postal para que se la entreguen a Tommy.
            -Una formalidad: la despedida.

En pocas palabras le dice a Iván que Tommy es el autor del niño y hermano de su mejor amiga: Raquel.

Faltaban unos meses para el parto cuando Iván y Leonor se conocieron. Mientras caminan hacia la casa de Ruth, ella con el tapado azul y los cosméticos partidos y él con la valija a medio llenar porque escasa ropa tenía Leonor para ponerse, Iván planea cómo será en adelante la vida de ambos: sin otro quehacer fuera de dormir o estar despiertos. También propone encontrar una  canción porque la niñez tiene algo de implacable y ávido:
            -Y llorará. Con o sin causa aparente -agrega.

A Leonor le produce asombro la idea del llanto, un asombro que nada tiene que ver con la realidad sino con una historia que le contaron de pequeña. Le habían dicho que durante su infancia nunca lloró, ni siquiera en el momento de nacer, por eso cada vez que ve llorar a un niño lo toma en brazos para contagiarse de ese rumor desconocido, de ese efecto propio del cine sonoro.
Piensa en el rostro del dueño, sus ademanes: brazos en alto, cuello estirado, boca gritando muda. Oír su nombre tampoco le importó. El dueño había estado un rato mirando el alboroto, gruñendo la pérdida de dominio, hasta que sintió el impulso de hacer algo. No podía quedar frente a todos así, como un idiota.
Estuvo fuera de su vista durante un momento y volvió hecho una furia para sacarla a empujones a la calle. Debe haber estado fuera de la vista de los clientes una vez más, manoteando las pertenencias de Leonor, antes de abrir la puerta de una patada y tirar los bultos al piso.

Amanecía. Con la valija a cuadros, el bolso y el tapado azul, llegaron a la casa de la madre. Como si los hubiese estado esperando, Ruth besó a Leonor y de algo banal habrán conversado mientras él se encargaba de limpiar la habitación que le cedería sacando telas y caballetes al enorme espacio que rodea la parte posterior del edificio. Un mundo de ventanas abiertas a innumerables plantas y fuentes. Un mundo esférico con cúpulas octogonales será en adelante el nuevo estudio de Iván.

Los planes de convivencia se cumplen, Iván está despierto y Leonor duerme. El pinta y ella visita a Raquel; juntas suelen ver films clásicos o escuchar grupos de rock.
A Leonor le gusta cocinar y recorrer el edificio donde vive. Tiene varios pisos dispuestos a semejanza de las galerías de arte: un círculo de sillones en el centro para poder observar los cuadros y esculturas que Iván ha hecho. El último piso ahora sirve de depósito pero antes funcionó como teatro. Estructuras de metal, tablas, cajones, escaleras, y muñecos de tamaño humano dificultan el  acceso.
Leonor deambula por salas y pasadizos fuera de circulación. Inmovilidad, silencio, el instante al servicio de rescatar un mundo: Ilusión de preservar moscas en ámbar.
Ella ingresa a los espacios como si abriese un álbum de fotografías. Despliega cortinados, gradúa vértices de luz, contempla recintos dormidos, alcanza lo que ya no era.
Ruth no termina de entender por qué una mujer tan joven siente atracción por esa vida. No es algo sencillo de explicar, Leonor destina largas conversaciones hasta convencer a Ruth que la edad es una ocurrencia destinada a pervertir el gusto:
            -Hasta pelar papas, una tarea sólo interrumpida por sacar ojos, puede ser una acción atractiva en cualquier momento de la vida.

Es posible que a Ruth le asombre la conducta de su hijo. Nunca antes lo ha visto interesarse por la consecuencia de sus actos. No se refiere al niño que va a nacer, sabe que no es el padre, sino al incidente del bar donde Leonor fue echada.
Parecerá raro pero son escasas las ocasiones en que Ruth habla de Iván. Alguna vez, ante la víspera de un viaje, necesitó advertirle a Leonor que su hijo se había vuelto loco de pronto, hacía tantos años que no lo recordaba de otro modo.
            -Es inofensivo dijeron los médicos, a pesar de verlo morder hasta hacer hilachas las cortinas. Inofensivo y ocurrente -continúa-, capaz de imitar al mejor actor, animal o sonido.

La madre decía y desdecía, como si hablar del tema fuera demasiado difícil y cualquier imprudencia pudiese contribuir a empeorarlo.
Nunca logró saber cuándo había sido, si de nacimiento o culpa de una caída. Ruth no tenía a quién preguntarle porque la familia se había disuelto y aunque no hubiese enviudado, pocos datos habría podido aportar su marido. Kovalev era presidente de El Astillero, viajaba de un lado a otro, siempre rodeado por oficiales tan unidos a él que lo seguían a todas partes.
Sólo durante un verano, se había llevado al hijo para mostrarle algunas especies de animales en extinción que habitaban las costas de un archipiélago;  experiencia que no volvieron a repetir porque Iván en la travesía contrajo el insomnio que aún padece.
Ruth insiste en que no tiene a quién preguntarle cómo se volvió loco Iván, pero su preocupación disminuye al evaluar su estado presente:
            -Salvo por ciertos rasgos es igual a cualquiera.