Liliana Heer

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©2003
Liliana Heer

Repetir la Cacería
Nuevohacer, Grupo Editorial Latinoamericano
Buenos Aires, 2003




tu fragilidad, a la que simone martini
hubiese dado el golpe de gracia.

Paco Urondo




Cuando cumplí catorce años, mi madre propuso que nos suicidáramos. En realidad, ella no utilizó esta palabra, fue una simple sugerencia exenta de patetismo. Lo dijo y no lo dijo, habló del agua y del escollo entre alcanzar la dicha y hacerla perdurable. Bastaría caer juntas, abrazadas, radiantes. 

Estábamos en el puerto, hacía calor, íbamos del brazo como se camina en las pequeñas poblaciones; la sombra de los cuerpos marcaba la proximidad del mediodía, su lentitud vegetal.

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Vasos sanguíneos prosiguen acciones anteriores, injertan, iluminan un hecho. Humor en la península. Presencias orgánicas.

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Entre esa mujer y la hija que yo era entonces, todo parecía estar demasiado cerca. Fluía una corriente de excitación, una ligera inquietud llena de júbilo. No importaba que repitiéramos las mismas cosas, al darlas vuelta adquirían otra densidad. Lo opuesto al “No teníamos nada que decirnos” que llevó a Meursault a internar a su progenitora en un asilo a ochenta kilómetros de Argel. Con mi madre era distinto. Sin embargo, un día emigré a una ciudad, después a otra y fueron pasando los años pero no mi apego hacia esa mujer. No sé si el atractivo residía en las historias o en su voz. El tono de alguien que accede a innumerables mundos sin necesidad de visitarlos. Ella conocía el beneficio de la parodia y a la vez era experta captar la inmediatez. Fragua de epitafios. Una aleación sostenida a temperatura cúspide. Gracias a un definido estilo naif, cultivaba la ciencia de lo no domesticable. Como si hubiese mirado hasta el estremecimiento logrando ver que el matrimonio era una estafa, una desolación la soltería, un desvarío practicar la prostitución, obsceno depender de horarios, una bomba de tiempo ser mujer.

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La copia de esa modalidad (fugitiva ante los estereotipos) me sirvió de instrumento para actuar con sosiego ante lo inesperado. Paisaje de jacinto y azufre. Ausente el matiz de culebrón en que termina cayendo hasta el ideal más sacro.

Rota la autoridad, descartado el heroísmo, sólo se trata del arte de lo verosímil: escuela de imitadores.

Dibujar un elefante en base al recuerdo de los mirlos.

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Aquel cumpleaños: entre el muelle y el agua había pocos metros de distancia. Aún puedo intuir el sonido de la inmensa superficie contra las ancas de los barcos. Altos, vacíos, de pronto ligeros. Creo que el sol nos hizo dilatar la idea. Ninguna mencionó el temor a la traición (en el supuesto caso de que alguien salvase a una sola). Livianas de muerte seguimos paseando sin llegar a sumergirnos.

Maybe the Sun es el título de la canción cuya letra escribí para que el suicidio, que no había acontecido, encontrara en la música su revelación. Tiempo después, un novio, ejerciendo la curiosidad de los celos, al revisar mi carpeta de inglés obtuvo una respuesta próxima a la mentira y a la verdad. Para mí también fue un misterio. ¿Había incorporado la canción a su repertorio de blues porque le gustaba o para apropiarse de un secreto?

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Escribir en inglés me pareció una buena estrategia. Cambiar una palabra por otra, retorcer el menos y el más. Así narré la cara amenazante que ciertos días pulsan, desprovistos de nitidez, saturados de fragilidad. Un testigo tonal (la canción) del dilema del ocultamiento.
 
En mi última novela, Maybe the Sun es cantada por una actriz rubia, gorda y vencida. Ella repite esa canción en las noches de insomnio para entretener a Wilson, como si Wilson fuese un ángel y no pensara en oprimir su garganta hasta hacerla callar.

La actriz es una protagonista menor. Puro montaje, ninguna espera; la acción atraviesa el argumento con alambre de púas.

Utilizo desvíos, un disfraz conveniente a toda biografía. Las huellas reducidas a una letra que deja caer versos como flores bajo la nieve.

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La madre de Meursault estaba en un pequeño depósito. Relucían los tornillos sobre la tapa oscura del féretro. El resplandor de la luz en las paredes blanqueadas a la cal hería los ojos del extranjero. Preguntó si se podía apagar alguna lámpara.
-No, la instalación está hecha así -le dijo el conserje-, o todo o nada.

En un rincón del depósito, de espaldas al féretro (el rostro velado), con la naturalidad de una araña, una enfermera tejía. Había asistido a la anciana y presenciado el desenlace. Prudente, silenciosa, absolutamente lúcida de su función de testigo, la enfermera atesoraba confesiones, frases dichas en el duermevela letal de los que no tardan en partir. “Nunca se pierde lo que verdaderamente se ha tenido”, habían sido las últimas palabras de la madre de Meursault. ¿Estarían dirigidas al hijo?

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Caminábamos por el muelle convencidas de que en cualquier momento saltaríamos, no con el objeto de quitarnos la vida (un detalle entre inmortales) sino para sellar un pacto, un nacimiento inverso, la consigna que sería estandarte de mi generación: “Vivir peligrosamente hasta el fin”.

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Se escribe sobre lo que aún no se sabe, dominando la exaltación, con la técnica de apertura de los abanicos. Letra en los orificios del tiempo, ceremonia sin rezos. Capas y capas de piedra negra.

Se escribe para volver a sentir aquel talento alegre de los primeros días, cuando el torniquete de la precisión no estaba impuesto y en cada historia alguna frase pertenecía al acertijo como la nervadura del hierro a los vitrales.

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Remarcar con carbón de leña las vértebras del relato. No vaya a ser que el protagonismo del extranjero y la actriz se prodigue en cada párrafo y nadie pueda seguir la trama del cumpleaños y el muelle: madre e hija a punto de caer.

 ¿Cómo ignorar que una escena equivalente fue dirigida por Jean Vigo en L’Atalante y, mucho tiempo después, por Kusturica? Bajo las aguas del Sena y del Danubio, una joven nada hacia el centro de la tierra con traje de novia y tiara de flores. La videncia sustituye a la visión. Ruina, promesas, legados. Se trata de deshacer el espacio no menos que la intriga. Lo bestial y lo sublime. En la primera película, la caída de los amantes no tiene término, se convierte en movimiento ascendente, inaugura una justicia más allá de lo humano.

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Memoria de palimpsesto. Durante mucho tiempo pensé que esa mañana alguna de las dos había tenido la intención de desviar el propósito pero nunca supe cuál. A veces, creo que la idea de saltar fue una de las tantas ocurrencias que yo solía tener y mi madre escuchaba como un lector manso, sin hacer comentarios ni reproches, moviendo la cabeza con suavidad y nombrándome por el diminutivo.

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Las historias terribles nunca se confiesan. Son estados sin nexo, úlceras incurables que viven en la certidumbre de haber ocurrido. Buscan la solidaridad del insomne, los tintes de una acuarela herida.

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